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 Las Cruzadas (i): El origen de las Cruzadas

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Harpax Caecus
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MensajeTema: Las Cruzadas (i): El origen de las Cruzadas   Mar 22 Jul 2008 - 13:43

En el año 1000 d.C. Constantinopla, sede del Imperio romano de Oriente o Bizantino, se erigía como la ciudad más próspera y poderosa del mundo, pese a la presión del Islam, pues se encontraba situada en una posición fácilmente defendible, en medio de las principales rutas comerciales; contaba con un gobierno centralizado y absoluto en la persona del emperador, además de un ejército capaz y profesional.

Gracias a las acciones emprendidas por el emperador Basilio II Bulgaroktonos, los enemigos del Imperio habían sido dominados en su totalidad. Sin embargo, tras la muerte de Basilio, tribus nómadas provenientes de Asia Central, los turcos, aparecían por los horizontes con una religión recién adoptada: la de Islam.Una de esas tribus, los turcos selyúcidas (llamadas así por su mítico líder Selyuk), se lanzó contra el "infiel" imperio de Constantinopla.

Al fallecer Basilio II en 1025 y su hermano, se iniciaba para Bizancio la etapa de predominio feudal y aristocrático. La dinastía declinó rápidamente con la emperatriz Zoe (1028-1050) y su hermana Teodora. Los servios se independizaron, los normandos conquistaron las posesiones del sur de Italia, los pechenegos asolaron Tracia y los turcos selyuquíes eran un peligro desde el este. En 1054 fue excomulgado Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, lo que provocó la separación de la cristiandad en dos Iglesias independientes. La separación sólo afectó a la jerarquía hasta comienzos del siglo XIII cuando ambas Iglesias se consideraron mutuamente herejes. El declive del Islam tradicional, contemporizador y civilizado, a comienzos del siglo XI, y su progresiva sustitución por los turcos selyuquíes, nuevos y fanáticos, amenazaba de manera importante en las provincias que el Imperio había arrebatado al Islam a comienzos del siglo XI.

Tras Basilio II la familia aristocrática de los Commeno, prototipo de la nobleza rural, logró establecerse en el trono imperial desde 1057 a 1059 y, después de muchas luchas, logró consolidarse gobernando durante más de un siglo (1081-1185), procurando al Imperio días de esplendor cultural y artístico.

La difícil situación que atravesaba el Imperio de Oriente al advenimiento de la dinastía de los Commeno, se debía en parte a la presión de los normandos desde sus posesiones en el sur de Italia y por el traslado de las hostilidades a la otra orilla del Adriático, aunque el apoyo de Venecia permitió a los bizantinos mantener el control, y facilitó a la República veneciana el comercio con Oriente. Bizancio se encontraba amenazada por los turcos selyúcidas por el Este y por los pechenegos por el Norte, sufriendo una gran derrota frente a estos últimos en el Danubio inferior. Entre 1090 y 1091 ambas ramas turcas se aliaron contra el Imperio, cercando Constantinopla, pero Alejo Commeno buscó la alianza de los kumanos que aniquilaron a los pechenegos, y el Imperio volvió a controlar las fronteras.

En la batalla de Manzikert, en el año 1071, casi todo el ejército imperial de Bizancio fue arrasado por las tropas turcas, y uno de los co-emperadores fue capturado. A raíz de esta derrota, los bizantinos debieron ceder la mayor parte de Asia Menor (hoy el núcleo de la nación turca) a los selyúcidas. A partir de entonces había fuerzas musulmanas asentadas a escasos kilómetros de Constantinopla.

Por otra parte, los turcos también habían avanzado hacia Siria y Palestina. Una por una las ciudades del Mediterráneo Oriental cayeron en sus manos, y en 1070 entraron en la Ciudad Santa, Jerusalén. La invasión turca a Jerusalén fue el hecho que conmocionó fuertemente tanto a Europa Occidental como a la Europa Oriental. En ambas partes empezaron a temer que los turcos fueran a vencer al mundo cristiano, haciendo desaparecer su religión. Además, empezaron a llegar numerosos rumores acerca de torturas y otros horrores cometidos contra peregrinos en Jerusalén por las autoridades turcas.

En 1081, subió al trono bizantino Alejo Comneno. Alejo I reformó el sistema judicial y las finanzas imperiales y concedió en 1082 plena libertad mercantil a los venecianos en los puertos del Imperio, a cambio de su ayuda frente a los normandos. Los venecianos realizaron grandes negocios comerciales en detrimento de los propios bizantinos, lo que provocó un nuevo impulso a la agricultura que imprimió el predominio de la aristocracia rural propietaria de latifundios. Pese a todo, Occidente continuaba admirando a Bizancio, el esplendor de sus fiestas y el boato de sus ceremonias, la etiqueta e incluso el vestuario eran imitados por los reyes normandos y los califas de Egipto. Este mismo Emperador fue quien se apercibió de la inevitable necesidad hacer frente con la fuerza a la creciente amenaza asiática. Pronto se dio cuenta que no podría hacer el trabajo solo, por lo que inició acercamientos con Occidente, a pesar de que las ramas occidental y oriental de la cristiandad habían roto relaciones en 1054. Deseaba en particular contar con soldados normandos, los cuales habían conquistado el reino de Inglaterra en 1066 y por la misma época habían expulsado a los mismos bizantinos del sur de Italia. Alejo envió emisarios a hablar directamente con el Papa Urbano II, para pedirle su intercesión en el reclutamiento de los caballeros cruzados. El papado ya se había mostrado capaz de intervenir en asuntos militares; ésta era otra oportunidad de demostrar el poder del Papa sobre la voluntad de Europa. Fueron varios los años que Alejo tuvo que esperar para que finalmente Urbano II convocara a las guerras cruzadas en nombre de la cristiandad con el fin de expulsar a los musulmanes.

Este Papa distribuyó entre los caballeros cruces de paño rojo, para que fueran usadas en la armadura o en el yelmo que iba sobre sus cabezas. Por esta razón se les llamó "cruzados" y a las expediciones "Cruzadas". Los caballeros se dirigieron hacia el territorio de Constantinopla y a Jerusalén durante siete largas expediciones que se organizaron desde 1096 hasta 1291.

Ante este hecho histórico tenemos la visión de los dos grupos que se disputaron el dominio del territorio de Constantinopla y Jerusalén, y que también lucharon por el dominio de la religión imperante en el entonces mundo conocido: Asia y Europa. Una tercera perspectiva surge entre los que estuvieron en contra de las Cruzadas, llamados por su postura, los inconformes.
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MensajeTema: Las Cruzadas para los cristianos latinos   Mar 22 Jul 2008 - 13:44

Discurso de Urbano II en el concilio de Clermont de 1095 según Fulquerio de Chartres (fragmento):

Citación :
Mis más queridos hermanos: urgido por la necesidad, yo, Urbano, con el permiso de Dios obispo en jefe y prelado de todo el mundo, he venido hasta estos parajes en calidad de embajador, portando una admonición divina a vosotros, servidores de Dios. He guardado la esperanza de encontraros tan fieles y celosos en el servicio del Señor como es de esperarse. Pero si hay alguna deformidad o flaqueza contraria a la ley divina, invocando su ayuda haré lo más que pueda para erradicarla. Porque el Señor os ha puesto como servidores ante su familia. Felices seréis si os encuentra fieles a vuestro ministerio. Sois llamados pastores, esmeraos por no actuar como siervos. Pero sed buenos pastores, llevad siempre vuestros báculos en las manos. No durmáis, sino que guardéis todo el tiempo al rebaño que se os ha asignado. Porque si por vuestra negligencia viene un lobo y os arrebata una sola oveja, ya no seréis dignos de la recompensa que Dios ha reservado para vosotros. Y después de haber sido flagelados despiadadamente por vuestras faltas, seréis abrumados con las penas del infierno, residencia de muerte. Ya que vosotros habéis sido llamados en el Evangelio la sal de la tierra (Mateo 5:13), pero si faltáis a vuestros deberes, cómo, se preguntarán todos, ¿se podrá salar la tierra? En todo caso, es necesario que vosotros corrijáis con la sal de la sabiduría a todos aquellos necios que están entregados a los placeres de este mundo, no sea que el Señor, cuando quiera dirigirse a ellos, los encuentre putrefactos en medio de sus pecados apestosos y sin curar. Pues si Él encuentra dentro de ellos gusanos, es decir, pecados, porque vuestra negligencia os impidió asistirlos, El los declarará como inservibles, merecedores únicamente de ser arrojados al abismo donde se dejan las cosas sucias. Y ya que vosotros no pudisteis evitarle al Señor estas graves pérdidas, seguramente El os condenará y os apartará de Su dulce presencia.
Aunque, Oh hijos de Dios, vosotros habéis prometido más firmemente que nunca mantener la paz entre ustedes y mantener los derechos de la Iglesia, aún queda una importante labor que debéis realizar. Urgidos por la corrección divina, debéis aplicar la fuerza de vuestra rectitud a un asunto que os concierne al igual que a Dios. Puesto que vuestros hermanos que viven en el Oriente requieren urgentemente de vuestra ayuda, y vosotros debéis esmeraros para otorgarles la asistencia que les ha venido siendo prometida hace tanto. Ya que, como habréis oído, los turcos y los árabes los han atacado y han conquistado vastos territorios de la tierra de Romania (el imperio bizantino), tan al oeste como la costa del Mediterráneo y el Helesponto, el cual es llamado el Brazo de San Jorge. Han ido ocupando cada vez más y más los territorios cristianos, y los han vencido en siete batallas. Han matado y capturado a muchos, y han destruido las iglesias y han devastado el imperio. Si vosotros, impuramente, permitís que esto continúe sucediendo, los fieles de Dios seguirán siendo atacados cada vez con más dureza. En vista de esto, yo, o más bien, el Señor os designa como heraldos de Cristo para anunciar esto en todas partes y para convencer a gentes de todo rango, infantes y caballeros, ricos y pobres, para asistir prontamente a aquellos cristianos y destruir a esa raza vil que ocupa las tierra de nuestros hermanos. Digo esto para los que están presentes, pero también se aplica a aquéllos ausentes. Más aún, Cristo mismo lo ordena.
Todos aquellos que mueran por el camino, ya sea por mar o por tierra, o en batalla contra los paganos, serán absueltos de todos sus pecados. Eso se los garantizo por medio del poder con el que Dios me ha investido. ¡Oh terrible desgracia si una raza tan cruel y baja, que adora demonios, conquistara a un pueblo que posee la fe del Dios omnipotente y ha sido glorificada con el nombre de Cristo! ¡Con cuántos reproches nos abrumaría el Señor si no ayudamos a quienes, con nosotros, profesan la fe en Cristo! Hagamos que aquellos que han promovido la guerra entre fieles marchen ahora a combatir contra los infieles y concluyan en victoria una guerra que debió haberse iniciado hace mucho tiempo. Que aquellos que por mucho tiempo han sido forajidos ahora sean caballeros. Que aquellos que han estado peleando con sus hermanos y parientes ahora luchen de manera apropiada contra los bárbaros. Que aquellos que han servido como mercenarios por una pequeña paga ganen ahora la recompensa eterna. Que aquellos que hoy en día se malogran en cuerpo tanto como en alma se dispongan a luchar por un honor doble. ¡Mirad! En este lado estarán los que se lamentan y los pobres, y en este otro, los ricos; en este lado, los enemigos del Señor, y en este otro, sus amigos. Que aquellos que decidan ir no pospongan su viaje, sino que renten sus tierras y reúnan dinero para los gastos; y que, una vez concluido el invierno y llegada la primavera, se pongan en marcha con Dios como su guía.
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MensajeTema: Las Cruzadas para los musulmanes   Mar 22 Jul 2008 - 13:44

Usamah (1095-1188), era un guerrero musulmán que luchó contra los cruzados al lado de Saladin. Como residente del área alrededor de Palestina, él también tuvo la ocasión de hacer amistad con algún franco. Las fechas de su autobiografía datan alrededor de 1175. A través de sus testimonios podemos conocer la visión que los árabes tenían de los caballeros cruzados:

Citación :
¡Misteriosos son los trabajos del creador, el autor de todas las cosas! Cuando alguien viene a contar de nuevo acerca de los francos, él no puede sino glorificar a Allah y santificarlo, porque él no ve a los francos sino como animales que poseen las virtudes del valor y de la lucha, pero nada más. Ahora daré algunos ejemplos de sus acciones y de su mentalidad curiosa. En el ejército de rey Fulk, el hijo de Fulk, era un caballero franco nombrado caballero apenas llegó de su tierra, con la finalidad de hacer el santo peregrinaje y después volver a casa. Él estaba muy cerca de mi estancia y guardó a tal compañía conmigo que comenzó a llamarme "hermano." Entre nosotros estaban los enlaces mutuos de la amistad. Cuando él resolvió volver por el mar a su patria, me dijo:
Mi hermano, vuelvo a mi país y deseo que usted envíe conmigo a su hijo (mi hijo, quien entonces tenía catorce años, y vivía aún en mi compañía) a nuestro país, donde él puede ver a los caballeros y aprender sabiduría y caballería. Cuando él vuelva, será un hombre sabio.
Así llegaron sus palabras a mis oídos, palabras que nunca saldrían de la cabeza de un hombre sensible; incluso pienso que si mi hijo debía ser tomado cautivo, su cautiverio no podría traerle una desgracia peor que llevándolo en las tierras de los francos. Sin embargo, dije al hombre: Por vida tuya, ésta ha sido exactamente mi idea. Pero la única cosa que evitó que la expresara es que estaba el hecho de que su abuela, mi madre, está muy encariñada con él y esta vez lo dejó salir conmigo con la condición de un juramento de mi parte en el cual prometí que lo regresaría a ella. Entonces él me preguntó, ¿todavía está viva tu madre? Sí, contesté. Bien, no la desobedezcas me dijo. De este modo pude evitar que mi hijo cayera en manos de los francos.

Los francos están vacíos de todo celo. Alguno puede ir caminando con su esposa. Encuentran otro hombre y el esposo acepta que el otro hombre lleve a la mujer por la mano mientras que el marido espera a su esposa para concluir la conversación. Si ella se rezaga demasiado tiempo, él esposo la deja sola con el recién encontrado y se va.
Aquí está un ejemplo que yo mismo atestigüé: Cuando visitaba Nablus, me alojé siempre con un hombre nombrado Múizz, cuyo hogar era una casa que alojaba musulmanes. La casa tenía ventanas que se abrían hacia el camino, y justo en el lado opuesto de la calle había una casa que pertenecía a un franco que vendía vino a los comerciantes. Él tomaba un poco de vino en una botella y rondaba anunciando con gritos: "El que quiera algo tendrá que encontrar el barril recién abierto en mi casa". El premio a quien lo encontrara sería el vino de esa botella. Un día este franco fue a casa y encontró a un hombre con su esposa en la misma cama. Él le preguntó, ¿qué habrá podido hacer que usted entrara al cuarto de mi esposa? El hombre contestó: estaba cansado, quería un poco de vino y entré a tu casa. ¿Pero cómo has encontrado mi cama? Preguntó el vendedor. El otro respondió: no encontré el barril pero encontré una cama vacía así que me dormí en ella. ¡Pero mi esposa dormía junto con usted! El otro contestó: bueno, la cama es de ella, ¿cómo habría podido yo, por lo tanto, evitar que use su propia cama? Por la verdad de mi religión, dijo el marido, si te vuelvo a ver otra vez, tú y yo tendremos una pelea. Tal era para el franco la expresión entera de su desaprobación y del límite de sus celos.
Otra ilustración: En otra ocasión entré a un baño público en el sur y tomé mi lugar en una parte aislada. Uno de mis criados me dijo: hay con nosotros una mujer en el baño. Cuando salí, me senté en uno de los bancos de piedra y ¡contemplé! la mujer sin vestido alguno y estaba parada con su padre apenas enfrente de mí. Pero no podía estar seguro de que ella era una mujer. Dije a uno de compañía: ¡por Allah, ve si esto es una mujer!, por lo que entendí que él debía preguntarle a ella. Pero mi criado fue, y comenzó a mirarla, levantó el extremo de su traje y miraba cuidadosamente. Su padre se dio la vuelta hacia mí y dijo: esta es mi hija. Su madre está muerta y ella no tiene a nadie para lavarle el pelo. La llevé conmigo al baño y lavé su cabeza. Yo contesté: ¡Tú lo has hecho bien! Esto es algo por lo cual tú debes ser recompensado, ¡por Allah!

Entre los francos están los que se han aclimatado y se han asociado con musulmanes. Éstos son mucho mejor que los recién llegados de las tierras francas, pero constituyen la excepción y no pueden ser tratados como la regla general. Aquí está una ilustración. Envié a uno de mis hombres a Antioquía a un negocio. Estaba en esa región, en aquella época, al-Ráis Theodoros Sophianos. Su influencia era suprema. Un día él dijo a mi hombre: un amigo me invitó a su estancia, él es franco. Debes venir conmigo, para que puedas observar sus maneras. Mi hombre relató la historia de la siguiente manera: Fui junto con él al hogar de un caballero que perteneció a la vieja categoría de los caballeros que vinieron con las expediciones tempranas de las tierras francas. Para este momento él ya había sido eximido de servicio y posee en Antioquía una propiedad cuya renta le permite vivir. El caballero nos ofreció una mesa excelente, con alimentos extraordinarios, limpios y deliciosos. Viéndome abstenerme de comer, él dijo: ¡coma, sea usted un buen huésped! Yo nunca como platos francos, pero tengo cocineras egipcias y nunca como otra comida excepto su cocinar. Además, el cerdo nunca entra en mi hogar. Sin embargo yo comí, pero cautelosamente; poco después salimos de su casa.
Pasamos por el mercado y una mujer franca se colgó de pronto de mis ropas, y comenzó a murmurar palabras en su lengua por lo que no entendí lo que estaba diciendo. Esto me hizo inmediatamente el centro de la muchedumbre franca; yo estaba convencido de que mi muerte me tomaba de la mano. De repente un caballero se acercó y le preguntó a la mujer: ¿Cuál es tu asunto con este musulmán? A lo que ella contestó: él es quien ha matado a mi hermano Hurso. Este Hurso fue un caballero que murió en la batalla de Afiimiyah a manos de la gente de Hamah.
El caballero cristiano le dijo con gritos: Este es un burgués, tiene el olor de un mercader, que no pelea ni pretende pelear. También gritó a la gente a mi alrededor hasta que por fin se dispersó. Después me tomó de la mano y se fue lejos. Así fue como el efecto de la comida me salvó de una muerte segura.
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MensajeTema: Las Cruzadas para los "inconformes"   Mar 22 Jul 2008 - 13:45

No todos los hombres cristianos apoyaron la causa de las Cruzadas; por el contrario, se levantó una ola de protesta hacia la guerra que se mantenía contra los sarracenos en el nombre de Dios.
El rey Luis de Francia permaneció largo tiempo en Palestina durante la segunda Cruzada, pero finalmente abandonó la Tierra Santa en el verano de 1149 sin procurar acción militar. En Europa, paralelamente, una actitud hostil hacia las Cruzadas, era expresada por el analista anónimo de Würzburg, Alemania (Fragmento tomado de Annales Herbipolenses, s.a. 1147):

Citación :
Dios permitió que la iglesia occidental, a causa de sus pecados, fuera echada abajo. Se presentaron, de hecho, ciertos pseudo profetas, los hijos de Belial, y los testigos de Anticristo, que sedujo a los cristianos con palabras vacías. Obligaron a toda clase de hombres, por la predicación inútil, a colocarse en contra de los sarracenos para liberar Jerusalén. La predicación de estos hombres era tan enormemente influyente que los habitantes de cada región, por los votos comunes, se ofrecieron libremente para la destrucción. No solamente la gente ordinaria, sino reyes, duques, marqueses, y otros hombres poderosos de este mundo también lo hicieron; todos creyeron que mostraban así, su lealtad a Dios. Los obispos, los arzobispos, abades, y otros ministros y prelados de la iglesia se unieron para cometer este error, lanzándose de cabeza al gran peligro de cuerpos y de almas. Las intenciones de los hombres eran diferentes. Algunos, codiciosos después de saber de las novedades del Oriente, fueron para conocerlas. Los otros fueron conducidos por la pobreza, estaban en una posición difícil en su propio país; estos hombres fueron a luchar, no solamente contra los enemigos de la cruz de Cristo, sino también contra los amigos del nombre cristiano, dondequiera que apareciera la oportunidad, para aliviar su pobreza interior. Hubo otros quienes, oprimidos por deudas, intentaron escapar del servicio debido a sus señores; también hubo otros que, aguardando el castigo merecido por sus hechos vergonzosos buscaron una salida. Tales hombres simularon un celo para con Dios y aceleraron su partida, para escaparse de tales apuros y ansiedades. Algunos podrían, con dificultad, ser encontrados entre los que no habían arqueado sus rodillas a Baal, sólo que fueron dirigidos por un propósito santo como es ser inspirado por su divina majestad para pelear, o incluso derramar sangre por el Santo de Santos.
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MensajeTema: Las Cruzadas para los cristianos ortodoxos   Mar 22 Jul 2008 - 13:46

Cuando se llevó a cabo la primera Cruzada las costumbres de los hombres cruzados contrastaron frente a las reglas de comportamiento que imperaban entre los cristianos de Oriente. La hija de Alejo Comneno, el emperador que solicitó ayuda para vencer a los turcos, expresó su parecer de los cruzados en una carta personal, como veremos a continuación. La presencia de los occidentales no le parecía adecuada:

Citación :
La mala educación de un príncipe franco según Ana Comnena, hija del emperador Alejo Comneno.

Cuando los francos de mala gana vinieron todos juntos y realizaron el juramento de fidelidad al emperador, hubo entre ellos un conde que tuvo la osadía de sentarse en el trono imperial. El emperador, conociendo el orgullo de los latinos, permaneció en silencio, pero Bohemundo se acercó al conde, y llevándolo de la mano a un lado, le dijo: "No debiste haber hecho eso, es un honor que el emperador no le concede a nadie. Ahora que estás en este país, ¿por qué no observas sus costumbres?" El conde insolente no respondió a Bohemundo, sino que, como si estuviera hablando solo, empezó a decir en su lenguaje bárbaro: "Debe ser un hombre grosero aquel que permanece sentado mientras tantos valientes guerreros están de pie". Alejo notó el movimiento de los labios del hombre y pidió a un intérprete que tradujera lo que decía, pero cuando el intérprete le informó lo que había dicho, no se quejó ante los francos. Sin embargo, nunca olvidó el asunto.

Cuando los condes vinieron a despedirse del emperador, éste retuvo al caballero que había cometido la descortesía y le preguntó quién era. "Yo soy un franco", contestó, "de la más alta y ancestral alcurnia. Sólo sé una cosa, y es que en mi país hay una iglesia en un cruce de caminos, donde se apuestan todos aquellos que desean probar su valor en combate singular, y hacen allí sus oraciones a Dios mientras esperan que llegue un retador; y yo permanecí mucho tiempo en ese lugar sin que nadie osara cruzar espadas conmigo".

Alejo estaba en guardia tratando de no aceptar el desafío. "Si tú entonces tuviste que esperar tanto sin poder mostrar tu bravura", le dijo, "ahora tendrás la oportunidad de combatir; y si tuviera que darte un consejo, éste sería que no marches ni en la vanguardia ni en la retaguardia del ejército, sino en el medio. La experiencia que tengo de combatir a los turcos me ha enseñado que ésa es la mejor posición".
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