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 La Orden de los Caballeros Templarios

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Harpax Caecus
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MensajeTema: La Orden de los Caballeros Templarios   Mar 29 Jul 2008 - 15:55



En el año 1118, bajo el reinado en Jerusalén de Balduino I, llegaron de Francia nueve piadosos nobles liderados por el normando Hugo de Payns, y entre quienes también se encontraba Godofredo de Saint-Audemar. Dicen que su viaje a Jerusalén era el fruto de un voto ante Dios, y que una vez allí juraron ante Balduino I proteger a los peregrinos que llegaban desde Europa a Tierra Santa. El rey, conmovido por la piedad de los recién llegados, los recibió y les ofreció alojamiento en una parte de su propio palacio sobre las caballerizas del Templo de Salomón. He ahí el origen del nombre de los Caballeros Templarios.

En un principio, los nueve caballeros se hicieron llamar “Los Pobres Soldados de Cristo”, aunque luego el grupo fue renombrado como el de “Los Caballeros Templarios”, debido tal vez más a que la gente en Jerusalén los asociaba más con el Templo del Rey Salomón. La tarea más importante de esta orden en sus inicios era proteger a los cristianos que viajaban principalmente en el peligroso camino que conecta al puerto de Jaffa con Jerusalén. Cabe recalcar que durante los primeros 9 años de vida de “Los Pobres Soldados de Cristo” Hugo de Payns no admitió a ningún otro caballero, motivo por el cual los Templarios se envolvieron en un aura de misterio y secretismo.

Pese a ello, y pese a ser sólo nueve caballeros y unas cuantas decenas de mercenarios, su heroico valor y sus audaces empresas militares, combinados con una diplomacia expeditiva, no tardaron en hacerles un hueco en la admiración de los nobles y cristianos de Jerusalén. En 1127, el líder de los Templarios, Hugo de Payns, obtuvo las bendiciones del Rey para intentar oficializar la Orden ante la Santa Sede, y emprendió un viaje a Roma con el fin de obtener una legítima aprobación del Papa. Por aquel entonces Balduino I había muerto, y en su lugar se encontraba Balduino II, primo del fallecido, quien escribió una carta al influyente San Bernardo de Claraval, predicador de la Primera Cruzada, que los recibió calurosamente y con todos los honores. Casualmente San Bernardo de Claraval era pariente de dos de los nueve caballeros: Hugo de Payns y Andrés de Montbard.

Después del caluroso recibimiento de San Bernardo de Claraval, Hugo de Payns y los cuatro acompañantes que había llevado consigo a Europa fueron recibidos por el Papa Honorio II en Roma. Los caballeros habían recibido en Jerusalén, de los canónigos del Santo Sepulcro, la Regla de San Agustín, misma que ellos profesaban, que era una estricta normativa que describía una serie de deberes religiosos. No obstante, San Bernardo de Claraval quería algo más de la nueva Orden y, en la primavera de 1128, se celebró un Concilio extraordinario en Troyes. Allí fue donde el Santo propuso los principios y primeros servicios de la Orden. Fue así como la Orden del Temple fue reconocida "oficialmente" como una militarización oficial de las Cruzadas y como el apoyo de nobles y príncipes fue requerido por el Concilio para que ayudaran a la recién reconocida Orden. El Papa, además, le pidió a San Bernardo de Claraval que redactara una regla única original para los Templarios. Dichas leyes son una mezcla de normas militares y normas religiosas, hacían votos de obediencia, castidad y pobreza. También se les impuso un manto blanco como prenda oficial.

El entrenamiento de los Caballeros del Temple es muy duro, e incluye tanto una parte física como espiritual, ya que se les instruía tanto en religión y teología como en el manejo de las armas. En virtud de la norma de San Bernardo de Claraval, que exige de los Templarios que abandonen todas sus pertenencias, cuando alguien se inicia en la Orden todos sus bienes pasan a manos de la Orden, pudiendo ser tales grandes fortunas o herencias. Es por ello por lo que el poder de la Orden ha crecido tanto en los últimos 30 años. Los Caballeros, por otro lado, únicamente responden ante el Papa y la Iglesia, por lo que desde el momento de su fundación la defensa de Jerusalén y las futuras conquistas estaban aseguradas.

En tanto que monjes, los Templarios deben pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia, más un cuarto voto de conquista y conservación de Tierra Santa, aunque cumplir este voto significara sacrificar su vida. Fundamentalmente, la Orden del Temple se distingue de la Orden de San Juan de Jerusalén porque ésta es, más bien, una institución enfocada a la beneficencia o caridad, mientras que la primera actúa como ejército apolítico, servidor sacralizado de los intereses del Papado.

Su desmesurado crecimiento material se debió a varias razones. En 1139 consiguieron una bula papal que les excluía de la jurisprudencia, tanto civil como eclesiástica, con lo que no volvieron a rendir cuentas ni a reyes ni a obispos, sino únicamente al Papa. Además de los testamentos y donativos que recibían, también estaban las grandes fortunas de los nobles que entraban a formar parte de la Orden. También podían recolectar dinero en todas las iglesias de occidente, una vez al año. Obtenían grandes beneficios comerciales con todo el excedente que obtenían de sus granjas y encomiendas.
Para mediados del siglo XII, la Orden de los Templarios se encuentra establecida con importantes propiedades en Francia, Alemania, España y Portugal, y es una de las fuerzas económicas, militares, políticas y religiosas más importantes de Europa.

La Orden es de una naturaleza muy jerarquizada y militar, y cuenta con los siguientes rangos: sirvientes (aspirantes), escuderos, caballeros, priores comendadores, maestres (de los cuáles el primero fue Hugo de Payns), y un Gran Maestre (Equivalente a un príncipe). Cabe mencionar que sólo los caballeros eran los que llevaban la indumentaria con que comúnmente son identificados (manto blanco y cruz roja). Son feroces combatientes y su servicio para Jerusalén es distinguido, constituyendo la fuerza de combate más temida en las Cruzadas, con más de 15.000 caballeros sólo 30 años después de su fundación en 1128, aunque sostienen muy malas relaciones con la Orden de los Hospitalarios, a quienes tienen por rivales indignos, a tal grado que no son infrecuentes las refriegas entre miembros de ambas Órdenes.

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